Equipo Promoselect
07 agosto, 2025
Los primeros indicios de un artilugio protector contra la lluvia se remontan a la China del segundo milenio antes de Cristo, aunque la referencia más temprana en documentos gráficos corresponde aproximadamente al 2400 a.C. Durante el período Zhou (siglo XI a.C.), la nobleza empleaba paraguas elaborados con varillas de bambú y cubiertas de papel aceitado, no solo como escudo frente a las precipitaciones, sino como signo distintivo de jerarquía y prestigio. Estos paraguas, lejos de ser meros instrumentos funcionales, formaban parte de rituales de recepción de emisarios y ceremonias oficiales, en las que su apertura y despliegue demostraban la autoridad del anfitrión.
La leyenda de Lu Mei, joven inventora de un bastón que se transformaba en paraguas con 32 finas varillas de bambú y una tela impermeable, refleja la capacidad de la cultura china para imbuir de misticismo los avances técnicos. Más allá del mito, la evolución constructiva en este periodo incluyó la aplicación de resinas naturales y grasas de animales para impermeabilizar el papel, así como el desarrollo de técnicas de plegado rudimentarias que ofrecían ya un atisbo de portabilidad. El hallazgo arqueológico en la tumba del emperador Qin Shi Huang (259–210 a.C.) de una estatua de terracota cuyo carruaje contaba con un paraguas —probablemente de madera y seda— confirma la existencia de este objeto en el entorno imperial, señalando su función simbólica de protección divina.
Por tanto, en la Antigua China el paraguas nació bajo la confluencia de la innovación técnica y el simbolismo ceremonial. No fue solo un avance material para repeler la lluvia o filtrar el sol: su desarrollo estuvo ligado a la estructura social y política de la época, convirtiéndose en un referente de poder que abarca el plano práctico y el imaginario colectivo de una civilización que valorizó desde muy pronto la relación entre forma, función y estatus.
Durante siglos, el paraguas mantuvo un carácter elitista en China; su pose y uso eran prerrogativas de la corte y la alta nobleza. Sin embargo, con el paso del tiempo, la ampliación de las rutas comerciales internas —canales fluviales, calzadas imperiales y mercados regionales— propició que artesanos de clase media comenzaran a replicar estas piezas para comerciantes adinerados. Para el siglo I d.C., ya había talleres especializados en la región de Sichuan donde se experimentaba con distintas telas —como la seda y el cáñamo— y se curtían varillas de bambú para otorgar mayor flexibilidad.
Al caer el monopolio cortesano sobre el paraguas protector, éste empezó a incorporarse al atuendo de funcionarios y profesionales. En paralelo, aparecieron variedades diseñadas exclusivamente para filtrar la radiación solar, naciendo así el parasol, destinado especialmente a damas de la alta sociedad que protegían su piel de la luz directa. Este uso dual —antilluvia y antisolar— estimuló innovaciones en la forma del dosel y en los mecanismos de apertura: se pasaron de estructuras rígidas a marcos con bisagras y pivotes que permitían un despliegue más suave.
Para el siglo III d.C., el paraguas había trascendido su función cortesana y empezaba a ser un bien de consumo entre comerciantes adinerados que circulaban por las grandes urbes chinas. Su presencia en procesiones budistas y festivales rurales consolidó su arraigo popular. Así, del exclusivo carruaje imperial se pasó a la calle, donde individuos de diversas clases sociales adoptaron versiones más sencillas y económicas. La democratización del paraguas en China representa, por tanto, la transformación de un objeto de poder en un elemento de la vida diaria, preludiando su circulación global a través de las rutas de intercambio y su evolución en distintos contextos culturales.
La consolidación de la Ruta de la Seda convirtió al paraguas en una mercancía de alto valor simbólico y práctico. Desde los talleres de Sichuan y Huái hasta los puertos de Cantón, los paraguas de papel aceitado y telas finas emprendieron un viaje que los llevó primero a Asia Central y luego al subcontinente indio. En cada parada, los artesanos locales adaptaron la cubierta según sus materiales: en Japón se empleó washi grueso y madera de paulownia para resistir climas templados; en Corea se incorporó el hanji y se decoró con motivos florales pintados a mano. Estas adaptaciones multisectoriales permitieron que el paraguas perdiera gradualmente su función exclusiva, convirtiéndose en un objeto de uso cotidiano también en la Península de Corea y el Archipiélago Japonés.
A través de desiertos y oasis, el paraguas llegó a Persia, donde se reinterpretó como un parasol ceremonial de gran tamaño. Aquí, sirvió para escudos reales y para ceremonias en las cortes sasánidas. Más tarde, en Egipto, adoptó funciones mixtas: protección solar en el Valle del Nilo y elemento indispensable en las procesiones religiosas de templos faraónicos, donde se exhibía en coloridos festones junto a banderas sagradas. Su presencia en estatuas y relieves confirma un uso ligado al culto y a la sepultura, tal como se observa en relieves del Templo de Luxor.
Desde Oriente Medio, comerciantes fenicios y romanos lo integraron a sus rutas marítimas, llegando finalmente al Mediterráneo. En Grecia y Roma, el paraguas, conocido como “umbraculum” o “solium”, se usó especialmente por mujeres de clases acomodadas para preservar el tono claro de su piel. Sin embargo, con la posterior caída del Imperio Romano, su uso decayó hasta prácticamente desaparecer en la Europa occidental durante varios siglos, quedando relegado a representaciones pictóricas y litúrgicas. No obstante, esta vasta trayectoria geográfica y cultural sentó las bases para que, siglos después, el paraguas renaciera como accesorio de moda y protección en la Europa moderna.
El paraguas que hoy conocemos comienza a forjarse en Italia y Francia durante el Renacimiento, cuando las clases altas europeas adoptaron versiones más ligeras y ornamentadas. No obstante, no fue hasta el siglo XVIII que el inglés Jonas Hanway popularizó su uso en Londres como defensa ante la lluvia, desafiando la superstición que lo consideraba femenino.
Con la Revolución Industrial del siglo XIX apareció el paraguas de varillas de acero, más resistente y asequible. Las fábricas textiles y metalúrgicas comenzaron a producirlo en serie, democratizando su acceso y convirtiéndolo en un artículo cotidiano tanto en ciudades como en el campo. Durante esta época surgieron también las primeras innovaciones en mecanismos plegables y mangos curvados.
El siglo XX trajo consigo materiales ligeros como aluminio y fibra de vidrio, así como telas sintéticas con recubrimientos resistentes al agua. Este progreso posibilitó paraguas más compactos, plegables en varias secciones, aptos para guardarse en bolsos y mochilas. Asimismo, se desarrollaron técnicas de impresión digital que permitieron personalizar la cubierta con imágenes y logotipos atractivos.
Hoy existen modelos antiviento, con sistema de apertura automática, y diseños ecológicos fabricados con materiales reciclados. Incluso se han patentado paraguas «inteligentes», equipados con sensores que alertan sobre lluvias inminentes o con luces LED integradas para mejorar la visibilidad urbana.
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